La Galería Moisés Pérez de Albéniz presenta la segunda exposición individual de Carlos Irijalba en la galería, titulada Endotic

“El ADN de un castor no termina de expresarse en la punta de sus bigotes, sino en el borde de su dique”, escribe el teórico y ecologista Timothy Morton. ¿Y si la física entrópica se desliza entre humanos y objetos por pura inercia? ¿Y si el colector de un coche -la pieza que conduce el humo desde sus tripas hacia el escape- como diseño de ingeniería debe su naturaleza a un orden orgánico impreso en las entrañas de su creador? ¿Cuál es la relación entre una glotis y un meandro, entre una ciudad y un charco?

En el contexto de esta exposición, lo endótico apunta a las interrelaciones del ser humano con su entorno. No existe diferencia entre ser humano y naturaleza, entre adentro y afuera. El lenguaje los separa pero lo exótico está dentro de nosotros mismos.

Como los objetos y estructuras que producimos, también nuestra constitución, en tanto que mamíferos pluricelulares, existe una parte importante de carbono. Estos objetos traen consigo diseños biológicos que podemos interpretar como una secreción que no siempre es consciente, un rastro informe, fluido, abierto a una evolución imprevisible. El material genético se duplica y muta no sólo a nivel biológico, pues lo hace también en las estrategias y en las herramientas con las que, conscientemente, damos forma a nuestro paisaje.

Estas dinámicas paralelas son disonantes y sus relaciones suceden a diferentes escalas. El trabajo de Carlos Irijalba destaca la convergencia de esas disonancias como medio de abordar los estados transitorios de la materia. Observamos los estados sólido, líquido, y gaseoso como relativos y sintomáticos de las interrelaciones heterogéneas entre lo tangible y lo intangible, lo fértil y lo estéril, y los límites difusos entre lo vivo y lo inerte.

 

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